sábado, 19 de enero de 2013

DORIS Y YO


  

 Encendí un cigarrillo y la escuché:
  -Ayer a la mañana me sentí mal. Fui al hospital. Tenía el nivel de glucosa altísimo. Me tuvieron en una camilla como dos horas en observación. Cuando me recuperé me mandaron a casa -con una sonrisa picarezca agregó - No le conté al médico que el día anterior me había comido un choripán.
   Siguió, durante unos minutos, explayándose en detalles.
   Encendí otro cigarrillo y aspiré largamente. Alargué mi mano libre y acaricié una de las suyas. ¿Qué decirle? Cada uno, responsablemente o no, elige su destino.

miércoles, 9 de enero de 2013

EL INCENDIO


 -No podemos seguir así. ¿No te parece? No me hablás. Te la pasás escuchando música con los auriculares puestos o encerrado con tu computadora.
   Si Elisa hubiera sabido que la respuesta de Goyo iba a ser tan abrumadora, nunca le hubiera hecho esa pregunta; o sí.
-Está bien. ¿Querés que hablemos? Hablamos.
Dijo Goyo, sentándose en una de las sillas de madera, frente a ella, con una mirada turbia, desconocida, y continuó.
-Hace tiempo que no me importás. ¿O no te diste cuenta? Sólo te  preocupa mantener en orden la casa. Así te fuiste convirtiendo en lo que sos. ¿No te miraste en el espejo? Si tenemos relaciones, es solo porque me buscás de noche, en esa cama que detesto. Para salir, te miento que voy a cursos inexistentes. Hace sietes meses que tengo relaciones con otra mujer.
-¿Cómo?- alcanzó a decir Elisa, azorada- ¿Y entonces…?                       
    Vertiginosamente un negro remolino la arrastró hacia el fondo del abismo. Sintió pánico. Escuchó la voz de su madre tomándola de un brazo, salvándola y diciéndole- ¡Cuidado nena! ¿No ves el pozo que han cavado esos hombres en la vereda?
Pero su madre ahora no estaba.
-Uno de los dos se tiene que ir de ésta casa- Contestó él
Mi casa. Mi hogar- pensó Elisa; pero no lo dijo- Fueron cayendo sus recuerdos en efecto dominó:       mis hijos acariciados con mis manos                               los árboles del jardín plantados con mis manos      el mantel sobre la mesa tendido por mis manos      las buenas y malas noticias recibidas por un teléfono sostenido por mis manos…
Mis manos. Mi casa. Mi hogar.       
-¿Quién?- balbuceó Elisa en vos baja, sintiéndose culpable de algo que no entendía.
-Vos- dijo Goyo mirándola con ojos de gato que ya atrapó a su presa-  Me voy a dar una vuelta por ahí.
Elisa sintió la garganta seca. Se levantó a tientas, tumbó su silla y se clavó una astilla en la pierna. No sintió dolor .Fue la sangre que fluía la que se lo advirtió. Trajo un trozo de algodón, abrió un frasco de alcohol y se sentó en la misma silla que había usado Goyo. Humedeció  el algodón para limpiarse la herida. Prendió un cigarrillo, le dió dos pitadas y lo dejó. Éste equivocando su destino  encendió el algodón. Trató de enmendar el error con  brusquedad; su brazo derramó el alcohol, que primero embebió el algodón y comenzó a deslizarse sobre la mesa, después sobre su falda y siguió por su pierna.
   Una llama azul recorrió el camino del alcohol. Las lenguas de fuego lamieron la casa con fruición. Y el cuerpo de Elisa no estaba en otra parte.
  Las cosas no suceden por que sí. Goyo había ganado.





domingo, 9 de diciembre de 2012

MOMENTO



Fue en ése día, no en otro. Fue en ése  momento y no en otro. La playa lacia de arena se ofrecía generosa a los turistas. Un enjambre de ojotas iban y venían por su orilla. Un niño, entre  ellas, jugaba a atrapar el mar en su balde rojo. Su madre,  a cierta distancia, lo vigilaba. Solo se dió vuelta un momento para recibir el mate que le alcanzaban. Un hombre se agachó, levantó al niño, le tapó la boca y corrió. El balde rojo se quedó solo.

 

miércoles, 3 de octubre de 2012

sábado, 8 de octubre de 2011

SE BUSCA PADRE...

El teatro está colmado. Las luces apuntan hacia los brillos de las joyas de las mujeres. El telón todavía no ha sido levantado. Un hombre aparece caminando por el borde del escenario cuidando de no caerse. La sorpresa de los espectadores hace que callen los murmullos. El hombre carraspea,y luego comienza a hablar. - Estoy aquí mirándolos, y ustedes a mí. Ya se habrán dado cuenta que no soy uno de los actores de la obra que han venido a ver. No se impacienten. Tuve que convencer al dueño del teatro para que accediera a darme unos minutos y pedirles a ustedes un favor. Necesito saber, si el que busco está aquí: mi padre. Mamá me decía que él iba todos los sábados al teatro, que ella también hubiera querido hacerlo, pero que una lavandera no podía darse esos lujos; él sí. Pensá que era el hijo del gobernador de la provincia (lo justificaba con ternura). Les daré datos de su fisonomía, que he recogido por ahí. Siempre viste de traje y corbata, zapatos bien lustrados y peinado “a la gomina”. Tiene un gesto adusto, como de alguien enojado con la vida, pero sus ojos…sus ojos denotan una dulzura triste. Observen a los que tienen a su lado antes que se apaguen las luces. Si lo reconocen, les ruego me lo digan. Necesito hacerle preguntas y obtener respuestas para comprender. Disculpen el tono de mi voz y mis lágrimas. Algunos de ustedes estarán pensando: ¿y a mí que me importa lo que está diciendo?,no es mi problema. Están en un error ¿qué es sino el teatro?: el reflejo de la vida. Perdón, tengo que dejarlos. Llegaron a buscarme esos dos hombres de blanco que son los que me cuidan. Si ven a mi padre ya saben dónde encontrarme. Gracias.

El hombre hace una reverencia y se retira.

jueves, 29 de septiembre de 2011

ATRAPADO

Hastío. Hastío que fue creciendo a través de los quince años que trabajo en la misma empresa, en la misma oficina cuadrada, en el mismo escritorio y sentado en la misma silla. La silla que tiene grabada sobre el cuero las formas de mis nalgas. Realizo mi tarea sin levantar la vista para no ver el retrato colgado frente a mí y que dice al pié: “A nuestro ilustre fundador”. Lo hago desde que comencé a ¿imaginar?, que el “ilustre” se reía de mí. Levanto, esta vez,la vista. Hoy no tendría que haber venido; mañana presentaré mi renuncia (digo en voz alta) El hombre del retrato me mira ahora con odio. Me levanto y lo enfrento desafiante. Comienzo a sentir fiebre. Una transpiración helada moja mi camisa. Las formas de los objetos se van desdibujando. Alucinado, veo que la pared frontal de la oficina y la que tengo a mis espaldas, comienzan silenciosamente, a deslizarse hacia mí. Intento huir, pero el pánico ha paralizado mi cuerpo. Las paredes siguen avanzando. Me aplastan. Escucho el crujir de mis huesos. Quiero gritar y no puedo. Solo soy una lámina entre dos paredes, ahora convertidas en una. Mi oficina es ahora un espacio vacío; el hombre que se ocupa de la limpieza, viéndolo, coloca dos macetones con plantas artificiales.

Pasan las horas, pasan los días, pasan los meses… Nadie nota la ausencia del oficinista.

jueves, 7 de octubre de 2010

LA FIESTA

Por la mañana…

Les dije que me dolía el pecho. Solo eso. ¿Por qué armaron tanto alboroto, si hace tanto tiempo que me pasa esto? Escuché la sirena de la ambulancia que llegaba. Un médico con cara preocupada, me revisó de pies a cabeza. Tendremos que darle un calmante (les dijo), es lo único que puedo hacer; ya es tarde. ¡Claro que es tarde! (pensé). Teníamos que prepararnos para ir al cumpleaños de mi nieta Clarita. Solo quería que me dieran el calmante, para tranquilizarlos y me dejaran levantar. Me lo dieron; no uno sino tres.

Por la noche…

Por fin llegamos al lugar de la fiesta. Había numerosos autos estacionados, porque Clarita tiene muchos amigos. Yo bien maquillada, pero el encaje me raspaba el cuello. El salón no era muy grande y adornado con demasiadas flores. Me ubicaron en un buen lugar, resplandeciente de velas, desde donde podía observarlo todo. Estaban todos los parientes y algunos vecinos que pasaban a saludarme. Clarita y mi hija, de a ratos, me hacían compañía. No las veía contentas. Me acariciaban y se les caía alguna lágrima. Debe ser que la fiesta no está resultando como esperaban (pensé; pero no lo dije). Había gente que caminaba de aquí para allá, y otros se apoltronaban en mullidos sillones. Don camareras ofrecían café, algún canapé y alguna copita. A mí no, porque sabían que esa mañana no la había pasado bien. No se escuchaba música. La verdad es que me estaba aburriendo y ya comenzaba a molestarme el olor que desprendían las flores. Ya pasadas algunas horas, algunas mujeres luchaban con sus chales. Se ve que sentían frío. Yo no. Los calmantes me hicieron efecto. Ya no sentía ningún dolor. Decidí dormirme.